Y después del trasplante que…

Por: Licenciada Iliana Peña, miembro de la Junta Directiva de Fundanier; donadora y madre de una niña trasplantada.


18 de julio de 2002.  Recuerdo muy bien la fecha.  Por fin llegaba el día tan esperado, en el que se realizaría el trasplante renal de Annie, mi hija de nueve años. El camino recorrido para llegar a ese momento me había parecido largo y colmado de no pocas pruebas:

visitas periódicas al nefrólogo, exámenes de compatibilidad y varias pruebas mediante los cuales se evalúa el estado de salud general, es decir, la función cardíaca, pulmonar y renal, el estado nutricional y la presencia de infecciones. Esto para verificar que tanto Annie como yo, la donadora, estábamos en las mejores condiciones posibles.  En el caso de mi hija, no solo era crítico mantenerla en condiciones físicas adecuadas, sino además, según opinión de su médico tratante, era muy importante que mantuviera un buen estado de ánimo. Ambos podrían contribuir a una pronta recuperación.
Todavía tengo presente el sentimiento, o sentimientos, que mi familia y yo  teníamos en esos días.  Temor ante lo que podría pasar, aprensión ante el futuro, enojo y confusión ante la situación, y muchas dudas en cuanto a si realizar el trasplante. ¿Se tendrían los resultados esperados para Annie?, ¿cuáles serían los riesgos para el donador y para el receptor?, ¿qué probabilidades de rechazo se tendrían?, ¿qué pasaría después de la operación?  Estas eran algunas de las preguntas que, seguramente, son compartidas con otras personas que pasarán por este proceso.  El Dr. Lou, médico tratante de Annie, nos facilitó información y acompañó para responder todas las inquietudes.  Así, nos enteramos que el trasplante, como cualquier cirugía mayor, conlleva riesgos, sin embargo, los exámenes previos a la operación tratan de disminuirlos, al asegurar el estado físico del donador y receptor, así como la compatibilidad necesaria.  Por otra parte, era muy importante que, al someternos al trasplante, estuviéramos conscientes que Annie debería tomar medicamentos inmunosupresores de por vida.  Estos son necesarios para que el sistema inmunológico no “ataque” al órgano trasplantado.   Facilitar la información a mi hija, ayudarla a que la entendiera, de acuerdo a su edad, y que sintiera que ella, al igual que sus padres, participaba en tomar las decisiones, así como seguir al pie de la letra las recomendaciones de su médico en cuanto al esquema de medicamentos, nutrición y cuidados en casa fueron aspectos que nos ayudaron a pasar por ese proceso.  El trasplante se realizó con éxito y hoy, casi trece años después, sigue funcionando de forma muy satisfactoria.
Padecer una enfermedad de este tipo es difícil para un niño o niña.  Además, la diálisis, hemodiálisis, cirugía y medicamentos inmunosupresores de por vida pueden generar estrés, temores y una situación difícil de sobrellevar.  Hablar abiertamente de lo que está sucediendo, de cómo se pueden asumir estos cambios en su rutina diaria, apoyar al niño a realizar actividades divertidas, así como buscar que recupere su vida normal ayudará muchísimo.  Al final, ese es el propósito.  Que el desarrollo y vida del niño trasplantado no sea afectado.   
Ciertamente, es importante reconocer que cada niño y niña es único y cada trasplante es diferente. Según la Universidad de Chicago, debido a que los médicos y científicos aprenden cada día más acerca de la reacción del cuerpo frente a los órganos trasplantados y a que también buscan diversos métodos para optimizar los trasplantes, los resultados de este tipo de intervenciones son cada vez más alentadores.  Para nuestra familia y para Annie, cada día es motivo para agradecer el regalo de vida recibido.  Por esta razón, y para apoyar y animar a las familias que están próximas a seguir ese proceso, o que dudan con respecto al mismo, comparto nuestra experiencia.